Por Rodrigo Karmy.

No hablamos más de “democracia”, tampoco de la “seguridad” o, más bien, solo hablamos de ellas en la medida que ingresan al léxico de la “nueva normalidad”, el trascendental que ofrece las condiciones para que algo así como una “democracia” y su “seguridad” pueda advenir. Pero “democracia”, “seguridad” y “normalidad” son tres nombres para una técnica avanzada destinada a catalizar los procesos de acumulación del capital en el nuevo escenario neoliberal.                     


Todos los conceptos políticos se transfiguran en conceptos cibernéticos normalizadosUn nuevo término ha comenzado a inundar el presente. No se trata de “estabilidad” ni de “democracia”, tampoco de “seguridad”, menos de “normalidad”, sino “nueva normalidad”. La “nueva normalidad” ha devorado a todos los demás términos, los ha subrogado a su excepcionalidad, a su gobierno. La “democracia”, promesa de los años 90 quedó subrogada a la “seguridad” de los años 2000.

Cuando Bush jr. desató la “guerra contra el terrorismo” aceleró la expansión de los dispositivos de seguridad alrededor del globo. Pero hoy, “democracia” y “seguridad” parecen prevalecer en la memoria como los mejores tiempos del peor de los momentos pandémicos al que hoy asistimos. Porque frente a la deriva de la lógica gubernamental impulsada por los términos “democracia” y “seguridad”, la noción originalmente biomédica de “nueva normalidad” termina por imponerse a partir del 11 de Marzo del 2020 cuando la OMS declara al coronavirus una pandemia.  

No se trata más de la promesa “democrática” de los 90, tampoco de la cacería infinita de la “seguridad” de principios de los 2000, sino del desarrollo hipertrófico del discurso biomédico intensificado o acelerado por la irrupción del COVID-19 y devenido orden global. La “democracia” aún podía tejer aura de legitimación de una razón imperial que pretendía cortar los flujos financieros al Asia occidental; la “seguridad” posibilitaba un hipertrófico desarrollo del control sobre los cuerpos para buscar un potencial “terrorismo”. Pero la “nueva normalidad” se erige como la venganza del discurso biomédico contra sus dos contendores acelerando su despliegue y convirtiéndose en el paradigma del nuevo del control capilar propuesto por el proyecto cibernético.

No hablamos más de “democracia”, tampoco de la “seguridad” o, más bien, solo hablamos de ellas en la medida que ingresan al léxico de la “nueva normalidad”, el trascendental que ofrece las condiciones para que algo así como una “democracia” y su “seguridad” pueda advenir. Pero “democracia”, “seguridad” y “normalidad” son tres nombres para una técnica avanzada destinada a catalizar los procesos de acumulación del capital en el nuevo escenario neoliberal. No van una después de la otra, no remiten a una secuencia lineal entre ellas, sino constituyen tres articulaciones complejas –tres dispositivos que marcan la historia del capital- que se engarzan entre sí donde, en algunos momentos históricos precisos, una puede predominar unas sobre otras, tal como sucede hoy día con el término “nueva normalidad”.

La aceleración técnica del optimismo cibernético se llama “nueva normalidad”. Cuando triunfaba el neoliberalismo a principios de los años 90 se llamó “democracia”, cuando Al Qaeda derrumbó las Torres Gemelas se apuntó en la forma de “seguridad” y cuando desde el 11 de Marzo de 2020 la OMS declaró al coronavirus una pandemia todo ha devenido bajo la rúbrica de la “nueva normalidad”: el dispositivo se ha erigido como un nuevo régimen de inteligibilidad política en la medida que los dispositivos “democracia” y “seguridad” no solo se incluyen  en él, sino mejor aún, han mutado en él.

Ahora bien, dos derivas de la cibernética se cruzan: o bien, la felicidad del progresismo neoliberal que espera su asalto para intentar suturar la disyunción abierta entre democracia y neoliberalismo; o bien, el conservadurismo neoliberal que triunfa por doquier profundizando dicha disyunción sin ningún problema.

Progresismo y conservadurismo son diferentes caras de una y la misma racionalidad: el proyecto cibernético que se cristaliza hoy en el “Partido de Sillicon Valley”[1]. Ambos aspiran a la “nueva normalidad” como el escenario discursivo en el que se pondrá en juego el avance cibernético a gran escala (de hecho, ya hablamos como si nada por plataformas zoom) que constituirá el pivote del tercer ciclo neoliberal en el que, a través del control capilar de los cuerpos, ponga en juego el nuevo momento de acumulación de capital.

El Partido de Sillicon Valley –en sus dos derivas (la progresista y la fascista) aspira a convertir la opacidad del mundo en que irrumpe la singularidad de la vida, en la transparencia del globo donde todo se resuelve en la emancipación del dispositivo policial. Para ambos está la apuesta por disminuir los grados de desviación de la vida y promover su completa “normalización”. Porque no se trata de un “golpe” que ocurre de modo excepcional, ni de una bomba atómica que cae de improviso para exterminar a toda la población, sino de un proyecto policial que opera capilarmente silenciosa, superficial y progresivamente comienza a “normalizar” cada esquina de la vida.

Sin embargo, las cosas son mucho más indómitas de lo que pretende el proyecto cibernético: la proliferación múltiple de asonadas populares en diversas partes del mundo –lo que Tiqqun llama el “Partido imaginario”- no solo han impugnado ese proyecto sino, además, han iniciado la invención de una nueva imaginación política. Como lo expuso la  Primavera árabe de manera radical, se trata de un momento en que, como ocurrió con la prensa en su momento, las “redes sociales” han devenido lugares de disputa, receptores de imaginación popular y, a la vez, dispositivos de administración policial.

Por eso los casos de Jullian Assange y Edward Snowden resultan tan decisivos: en ellos se cristaliza el crimen más eficaz de la era cibernética: la desactivación de la nueva máquina de policía global. En este sentido, el caso Assange y Snowden no son ajenos a la mirada de revueltas populares que asolan el planeta, sino parte de ellas pues se abalanzan a dichos lugares para destituir su régimen informático de acumulación.  

La “nueva normalidad” opera produciendo diversidad de “perfiles”; las nuevas revueltas populares abren al campo de la intensidad que bifurca cada “perfil”. “Diversidad” es un término liberal que cabe sin problemas en la cartografía policial prevalente; “intensidad” en cambio constituye un diferencial en el que la singularidad de la vida deviene irreductible a las nuevas formas de control.

Profundizar esa vía e interrumpir el circuito cibernético por el que la vida es constreñida a devenir valor, constituye el punto nodal de las sublevaciones contemporáneas, pero también, de las resistencias microfísicas que se desenvuelven todos los días sin la monumentalidad de los grandes procesos de insurrección.

Las nuevas sublevaciones no buscan la “Bastilla” de 1789 para “tomarse el poder” porque ya no existe un “conflicto central” al que apelar, sino los múltiples y silenciosos nudos que, cada día, trabajan para la consumación del proyecto cibernético y su catastrófica “nueva normalidad”. La guerra está declarada hace demasiado tiempo; también las insurrecciones que suspenden la política en la irrevocable danza de la vida.  


[1] Diego Valeriano y Gerardo Muñoz Policía. Hacia una redefinición. En: La Voz de los que sobran 17 de septiembre 2020.