Por Rodrigo Karmy para La Voz de los que Sobran

En 2021 ¿se aprobará la nueva Constitución bajo la intensificación de la dictadura comisarial prevalente? Algo se repite aquí y allá. La fuerza mítica yuxtapone dos escenas en una sola. Como si ninguna Constitución pudiera ser aprobada sin la vigencia mítica de la dictadura comisarial y su despliegue securitario.


1.- Subjetividad.

El análisis que presentamos en la última columna resulta esencial para caracterizar la situación en que vivimos [1]. Pero su enfoque asume una perspectiva estrictamente estatal que debe ser complementado por una analítica del poder que permita concebir de qué modo la dictadura comisarial prevalente no se estructura como las anteriores formas de dictadura comisarial que tuvieron lugar en la historia republicana chilena. Como bien ha indicado Patricio Manns en “Chile: una dictadura militar permanente” el problema de la dictadura militar en Chile ha sido más bien la regla que la excepción [2]. Pero Manns restringe la cuestión a la dimensión “militar” de la misma sin reparar en su transmutación cibernética o neoliberal. Mas aún, al análisis de Manns habría que agregar la distinción soberana o comisarial de la dictadura, tal como lo distinguió Carl Schmitt en “La Dictadura”[3]. Clave, sin embargo, lo de Manns porque permite jugar de otro modo con la imagen oligárquica de un Chile prendido por la “larga tradición democrática” y subrayar cómo esa “larga tradición” no era otra cosa que modulación en intensidades variables del Pacto Oligárquico de 1925 que, a veces recurría a la dictadura comisarial, esto es, aquella dictadura orientada a conservar el orden político, tal como el propio Manns recorre en su libro mostrando la recurrencia del “Partido Militar” en la política chilena. Si, tal como plantea Manns, la dictadura comisarial burguesa será siempre “militar”, su transfiguración en la época neoliberal resulta más que ostensible.

La dictadura comisarial de la época cibernética o neoliberal –en Chile inaugurada con la última dictadura soberana de tipo burgués liderada por Pinochet y el “Partido Militar”, transmutada en la dictadura comisarial de la episteme transicional de corte cibernético- opera de manera descentrada, intensiva y cartográfica: “descentrada” porque se irriga en múltiples puntos simultáneamente donde cada nudo deviene parte de una red que define al nuevo espacio global; “intensiva” porque penetra en modos capilares de control (y no simplemente de “represión”), es decir, su “expansión” no opera hacia algún territorio inexplorado, sino hacia “dentro” de los cuerpos orientando su eficacia a la modificación de la imagen que los sujetos tienen de sí mismos (es decir, son dispositivos que se ejercen en el campo de lo sensible);  y “cartográfica” porque establece formas de vigilancia digital y global capaz de construir mapas informáticos sobre poblaciones gracias a la expropiación masiva de datos, tanto desde las agencias de inteligencia global o nacional hasta las agencias de publicidad que rastrean “perfiles”, “preferencias” o “tendencias” siguiendo las huellas de la red que cada individuo deja al usar los diferentes dispositivos informáticos en curso.

A esta luz, la radicalización de la dictadura comisarial que define al proceso transicional en su totalidad se potencia por el “capitalismo de plataformas” o, si se quiere, por el desarrollo de la cibernética como nuevo orden del mundo. Nada más ni nada menos que la extensión incondicionada de la “policía” cuya violencia se transfigura en modos variables dependiendo de la intensidad política: desde una cámara fijada en el ascensor que graba a los individuos que lo usan, un conjunto de drones que vigilan desde el aire los confines de la ciudad, hasta un grupo de carabineros especializados en disturbios que llegan a ejercer represión. De esta forma, asistiríamos a la devoración policial de lo militar (los militares cada vez más hacen tareas policiales), de la absorción de la soberanía estatal-nacional en el régimen económico-gestional de la cibernética global. 

En este sentido, como bien recordaba Foucault, el despliegue de los dispositivos de seguridad no tienen por objetivo “reprimir” simplemente sino, sobre todo, producir un determinado tipo de subjetividad. En el Chile actual, la prensa, los intelectuales del poder, el empresariado y la casi totalidad de los partidos políticos orientan sus esfuerzos a que la producción de subjetividad que había sido posible durante la transición se restituya.

Pero no se puede: el 18 de Octubre abrió una grieta entre los dispositivos y los cuerpos, entre el poder y la imaginación que no podrá suturarse fácilmente porque lo que está en juego no es la “pobreza” simplemente –de hecho el “modelo” chileno fue exitoso frente a eso, gracias al dispositivo crediticio-  sino el modo de vida basado en la producción de una subjetividad en la que predominan las “pasiones tristes” que han privilegiado enteramente el dispositivo de la “deuda” como la verdadera moneda de cambio del capitalismo neoliberal chileno.

2.- Mito.

Hace décadas que Chile lidera la carrera armamentista en América Latina junto a sus cifras de trastornos mentales: ¿qué relación existe entre aumento en compras de armas y la producción de trastornos mentales? Dos estadísticas que, por 30 años, se han mantenido sistemáticamente al alza, dos estadísticas que habría que pensarlas juntas y exponer el operar de la máquina de poder en sus dos polaridades: la político-estatal y la capilar-gestional. La primera orientada a las instituciones políticas en la escena estatal; la segunda, a la producción de subjetividad en el campo de los afectos. No son dos políticas, sino una que adquiere dos polos de visibilidad, dos técnicas internamente diferenciadas y, sin embargo, articuladas en una sola maquinaria.

Pero hay una deriva mítica sobre la cual habría que hacerse cargo: en 1980 se aprobó la nueva Constitución de 1980 bajo dictadura. En 2021 ¿se aprobará la nueva Constitución bajo la intensificación de la dictadura comisarial prevalente? Algo se repite aquí y allá. La fuerza mítica yuxtapone dos escenas en una sola. Como si ninguna Constitución pudiera ser aprobada sin la vigencia mítica de la dictadura comisarial y su despliegue securitario.

No son elecciones “libres”, pero de todos modos votaremos. No es el mejor de los escenarios, pero aún tenemos la calle. El acuerdo del 15 de Noviembre es claramente una trampa, pero podremos elaborar estrategias de “evasión” para irrumpir dentro o fuera del texto. Porque una Constitución no es nunca un simple texto. Es toda la imagen de un pueblo la que se juega en ella, toda una interpretación de “nosotros”. Y eso implica la ficción de la “unidad” que el 18 de Octubre no está dispuesto a ofrecer. No porque tenga “mala voluntad” sino porque él destituyó esa falsa unidad que obnubiló gran parte de la política nacional durante 30 años. Y, de hecho, el verdadero campo de conflicto se fragua entre dos partidos políticos no declarados: por un lado el “partido de Octubre” y, por otro, el “partido Neoliberal” (ex –“partido Militar”).

El primero no tiene liderazgos ni interlocuciones. No las necesita, es eficaz en la intensidad destituyente que le define. El segundo tiene liderazgos que van desde pequeños personajes del consenso oligárquico nacional hasta el imperialismo de los EEUU. El primero tiene múltiples lugares de acogida, las plazas, las calles, las ollas comunes; el segundo también, pero cada nudo de la red fragua militares, políticos, empresarios, en suma, se trata de la articulación de Sillicon Valley y la Casablanca.

La deriva mítica repite hoy lo que devino ayer. Pero justamente el acto destituyente se fragua en la capacidad de desactivar la máquina, en no creer en la restitución de un pacto vacío sin la exigencia de una irrupción que pueda trastornar internamente al proceso constitucional y dejarlo abierto, sin restituir el nuevo Pacto Oligárquico que se anuncia por diversos sitios. Advierto que el proceso constituyente no es el fin de nada, sino el comienzo de todo. Y este no comienza el 25 de Octubre de 2020 con la votación “civilizada”, sino el 18 de Octubre del año 2019 con la evasión de los estudiantes secundarios.

Ahora bien, asuntos prácticos: ¿por qué los chilenos tendríamos que aceptar aprobar una Constitución con toque de queda y estado de excepción vigentes en los que una policía mata, hiere, mutila impunemente? Si la revuelta no quiere morir de su nostalgia “octubrista”, si no pretende convertir el 18 de octubre en algo que “ocurrió”, en la pieza de museo de las luchas, tendrá que intensificar sus pasos y exigir el fin de los mecanismos policiales con los que opera la dictadura comisarial en curso. Como siempre, se trata de la interrupción del mito y su infinita repetición.


[1] Karmy, Rodrigo, Dictadura Comisarial en: www.lavozdelosquesobran.

[2] Patricio Manns Chile: una dictadura militar permanente.1811-1999.  Ed. Sudamericana, Santiago de Chile, 1999.

[3] Carl Schmitt “La Dictadura” Ed. Alianza, Madrid, 1997.