Entrevista hecha por Claudio Véliz para Revista Letras en Línea de UAH

Alejandra, muchas gracias por responder estas preguntas. Tú has trabajado el discurso de los intelectuales chilenos del XIX. ¿Cuáles son los residuos de estos discursos que más llaman tu atención y por qué? ¿Cómo ves estos discursos presentes en el escenario actual? ¿Cuál fue el rol de la prensa al interior de estos discursos? ¿Hay presencia del XIX en el XXI? De ser así, ¿dónde lo aprecias?

Primero, conversemos sobre residuos… Para catalogar algo como residuo cultural habría que tener muy claro qué es lo que diferencia un marco societal de otro, unas formas de relacionamiento de otras, y qué procesos, materialidades y dinámicas continúan, que serían, en esa medida, más que residuos, condiciones que permanecen. No son residuo, por ejemplo, las culturas indígenas y su pensamiento, pues son algo vivo que a la vez sigue funcionando en buena parte como en el XIX: en resistencia, en un extremo, en los márgenes del sistema cultural hegemónico. Es ese un pensamiento que, desde siempre ha estado punzando esa hegemonía, cuestionándola. Y entonces, la poesía mapuche contemporánea, por ejemplo, tiene sus raíces en esta realidad muy actual, que a la vez está inscrita en nuestro sistema de relaciones y de pensamiento desde hace, diría –ahora que lo pienso– exactamente doscientos años. Porque la estructura que desde más o menos 1820 fundamenta la relación del Estado chileno para con el pueblo-nación mapuche sigue incólume, está fundada sobre la hostilidad y es impulsada sobre todo por terratenientes y comerciantes con fines de ocupación de su territorio. Uno podría, de hecho, trazar desde el hoy una línea roja de continuidad hacia ese “pasado” que mostraría cómo la prensa chilena ha alimentado permanentemente eso que José Bengoa llamó “el mito de la guerra latente” y cómo las coyunturas críticas, incluyendo la actual, parecen más bien la repetición de unas y otras embestidas de re-colonización por parte de la alianza entre Estado y grandes intereses económicos. Allí no hay residuo. Por tanto, en una perspectiva de larga duración es más bien una estructura que se continúa y se repite y se espejea: estamos en 1820 y estamos en 1883 y estamos en 2020. Entonces, el XIX se continúa en el XXI, por cierto. También se continúa en el discurso normativo de ciertas instituciones y en la cultura patriarcal que todavía pervive sobre las mujeres, ¿será que ya terminó aquello que Bilbao denunció en 1844 como la esclavitud de la mujer ante el marido, ante el pater? El feminicidio, que es la forma del crimen repetido, de odio, contra las mujeres por el hecho de serlo, ¿es un residuo de un sistema anterior o funciona aún como parte de nuestra cultura, como una parte que nos constituye en esta sociedad desigual y que la fundamenta y que no hemos logrado eliminar? Fíjate que en 1901 las estudiantes de la Escuela Profesional de Niñas estaban sometidas a un estricto código de sociabilidad basado en una serie de prohibiciones; se les prohibía, por ejemplo, pasearse del brazo o tomadas de la mano durante los recreos, entrar más de una vez o reunirse en grupos en los excusados, detenerse en la esquina o frente a la puerta del establecimiento, qué sé yo, diversísimas prohibiciones que dibujaban los límites de una sociabilidad que las ubicaba a ellas en el lugar de la barbarie que había que controlar. A las mujeres se las debe educar para controlar su natural disposición al desborde, parecían decir los reglamentos, ¿cuánto ha cambiado ese discurso sobre las mujeres? Es algo que debemos pensar; y si ha cambiado, por la fuerza del movimiento feminista, ¿cómo vive ese cambio la sociedad patriarcal? Pocos dudan de que el feminicidio no sea una respuesta violenta estructural, patriarcal, al avance de las mujeres en una sociedad que sigue siendo inequitativa y excluyente. Hay también la continuación de una estructura desigual en la distribución del poder, los patipelados de ayer son, somos los de a pie de hoy, porque se ha repuesto, desde la dictadura, una oligarquización de Chile, una forma de extrema concentración del poder político, económico, comunicacional. Entonces, ¿cuánto se distancia el 1% más rico que hoy posee más del 25% de la riqueza del país de aquella oligarquía decimonónica? El del siglo XX fue un proceso de democratización de los pendientes del XIX que fue truncado en 1973, y es ése el proceso que retoma recién Chile, casi 50 años después. Viejos problemas actuales. Luchemos por nuevas soluciones.

Sobre el rol de la mujer y la prensa chilena a partir de 1880, ¿de qué manera se vincularon o no al campo intelectual del periodo? ¿Cuáles son las representaciones sobre este rol que poseen mayor continuidad y cuales serían bajo tu juicio, aquellas representaciones que se presentan como singulares y relevantes?

A final del siglo XIX se hizo común que los periódicos chilenos incluyeran –anodi- namente a mitad de la página, en medio de reportajes– fotos de “señoritas” chilenas, que a veces llevaban apuntada su ciudad de residencia. Estas fotografías que, en los hechos, publicitaban a esas mujeres como “señoritas”, es decir, como jóvenes casaderas, aun en publicaciones que se preciaban de su alta cultura, literarias o intelectuales, muestran ejemplarmente el lugar que las mujeres tenían en aquella sociedad. En esas mismas publicaciones encuentras de tanto en tanto reflexiones firmadas por autoras que reivindican el oficio de la escritura por parte de las mujeres, y que, aunque convocan a sus pares a no decaer, a perseverar en la escritura, lo hacen siempre argumentando la com- patibilidad de la letra y las labores “del género”. Es decir, se trataba de confirmar que las mujeres escritoras no abandonarían sus deberes de esposa, madre, hija, que no se “extraviarían”. Este era en el fondo el gran miedo de la sociedad patriarcal: se puede escribir en los ratos de ocio, después de las labores familiares, enfatizaban las columnistas, con lo que se muestra que el ejercicio de la escritura les aparecía a ellas mismas como de segundo grado, y como venido de fuera. Y es así que, como ha mostrado en un hermoso libro reciente Gloria Cortés Aliaga, las mujeres artistas eran consideradas a lo más “aficionadas con talento” ante los “genios” masculinos. Entonces, la situación era brava, difícil para las mujeres chilenas de la época. Y eso que hablamos de las mujeres de la élite, imagina cómo era en las mujeres populares, que en unos regímenes de trabajo masculino cuasi nómades, debían en general sostener a la familia solas y procurarse sustento a través del trabajo agrícola o doméstico. A pesar de ello, contra todo lo anterior, sin embargo, hubo artistas y escritoras, de cuya gran mayoría por supuesto sabemos mucho menos que de los varones (cuánto conocen nuestros estudiantes sobre intelectuales como Martina Barros, Rosario Orrego, Mercedes Marín, Luisa Victoria Anabalón, Mariana Cox, Inés Echeverría, Teresa Wilms, Elvira Santa Cruz, en las letras, y Dolores Vicuña, Albina Elguín, Agustina Gutiérrez, Magdalena Mira, Aurora Mira, Celia Castro, en la plástica, o Isidora Zegers, Carmela Mackenna en la música, y Maipina de la Barra en la música –y la escritura–, por mencionar algunas). En especial, es reconocido, por ejemplo, el aporte de las mujeres traductoras (Carmen Arriagada, tempranamente), algunas de esas señoras debían de hecho a esa labor su sustento a fines de siglo. Y, por otra parte, como ha mostrado Juan Poblete, las lectoras estaban condicionando estructuralmente las escrituras de la época y lo mismo, pienso, estaba ocurriendo en las líneas editoriales de la prensa que, con insistencia, fueron exponiendo los miedos de la “virilidad letrada” –como con justicia ha caracterizado Beatriz González Stephan a esa escena intelectual compuesta casi exclusivamente por varones patricios– ante la emergencia de las autoras y las actorías femeninas, sobre todo desde el decreto Amunátegui, en 1877, y luego, con la inauguración, en Santiago, de la Escuela de Artes y Oficios para mujeres, en 1887. En una investigación que he realizado sobre discursos del fin de siglo chileno en periódicos culturales emergen con increíble recurrencia las imágenes antinómicas de la mujer fatal, la perdida, o, por otra parte, la musa inaccesible; al mismo tiempo que es cada vez más repetida la visión de hombres en exposición de su inferioridad ante las mujeres, engañados, contrariados e incluso enfermos de amor. Eso para mí es, tanto ayer como hoy, expresión del miedo a la potencia de las mujeres.

A la luz de los desafíos que representa el actual escenario que enfrentamos, un alza en la protesta social, un Estado que parece ya no dar respuesta a las demandas de diversos sectores sociales, y un sistema económico coercitivo, ¿te parece importante revisitar el discurso literario chileno del siglo XIX? ¿por qué?

Muy importante me parece. No solo porque allí están los fundamentos de lo que hoy somos, sino también porque es un tiempo en que lxs actores intelectuales muestran una consciencia acrecida de estar haciendo la historia, de estar fundando lo nuevo y el extraordinario poder de la letra en todo aquello; lo que por otra parte es un exceso presuntuoso y narcisístico, pero por lo mismo me parece fascinante esa enunciación que, a la vez, además, vive en una cierta inseguridad, porque la revolución de la Independencia estaba a la vuelta de la esquina y España ansiosa de la reconquista, imagina, ¡bombardeando Vaparaíso!, en 1866. Me interesa por ello esa relación entre consciencia del poder de la escritura y de su función fundacional y la clara incertidumbre que siempre late en los textos, no solo porque la transformación, lo “nuevo”, es decir, lo “moderno” es una realidad de cada día, sino también porque el XIX lati- noamericano puede ser leído como un momento entre dos grandes épocas: la Colonia y el capitalismo, un momento de tránsito. Bueno, y me parece imprescindible revisitar el XIX para comprender lo que somos porque allí se forjaron o con- solidaron los miedos que todavía laten, presentes: miedo de la oligarquía a la plebe, miedo a las mujeres, miedo a los mapuche, a los extranjeros, a la homosexualidad, a la sexualidad misma, a la revolución. Y nos es posible avistar desnudas (porque fanta- seamos con que no somos nosotros) nuestras aporías. Encuentro allí igualmente algunas potencias que estaban anunciando formas alternas y, sobre todo, una fuerza de ideas que pudo ser y que se fue fraguando lentamente desde los grupos democráticos, obreros, femeninos y feministas, intelectuales, anticoloniales y antiimperialistas durante el siglo XX. No deja de impresionarme, por ejemplo, el diálogo que existía desde muy temprano entre intelectuales de países latinoamericanos, la consciencia que construyeron de una escena común, que generó diversas formas del americanismo, en proyectos, incluso, de unidad económica continental. El intercambio multifacético entre latinoame- ricanos, eso me maravilla. O el valor indiscutiblemente relevante que se logró dar a la educación pública. Es que me parece crucial la forma en que se asume la responsabilidad intelectual para con lo público, una vocación por leer la realidad de manera integral. Y sobre todo porque hoy nos resulta locamente extraña, porque nuestra labor –sobre todo en Chile, porque eso al menos aún no ha llegado a ocurrir en Argentina, por ejemplo– se ha hiper- especializado, incluso en el campo de las humanidades que, fíjate cómo se llama “las”, en plural, ¡“humanidades”!, es decir, un campo donde se debiese construir saber sobre lo humano, en plural, y que, sin embargo, se ha modelado según las normas neopositivistas de un trabajo que se dice “científico” pero que ni fomenta la creatividad científica ¡que exige salir de los marcos!, ni motiva o viabiliza las expre- siones reflexivas o de acción pública que se salgan de los moldes estrictos de una modalidad que es la del paper que, como ha afirmado José Santos-Herceg, se ha convertido, en Chile sí, en una tiranía, en un dispositivo de movilización del capital académico que no solo ha restringido las formas de la escritura crítica, sino que, al ser cada vez más absoluto en dictaminar el valor al trabajo intelectual, ha colaborado a que se desincentive la publicación de formas alternas, por ejemplo, de aquellas grandes movilizadoras de sensibilidades, de crítica pública que fueron, desde el siglo XIX, las revistas culturales. Porque no se puede entender la escena intelectual chilena y latinoamericana sin la prensa y sobre todo la prensa cultural; ¿cuánto influyó la prensa en la escritura? Muchísimo, no solo formando lectorías, sino también proyectos colectivos, abriendo el espacio de la literatura en tiempos en que la publicación de libros era difícil, permitiendo observar la cotidia- neidad con otros ojos a través de la crónica, etc. Proyectando la expresión de los grupos populares, a través de la poesía en pliegos sueltos, o folletos o la prensa obrera. En eso es evidente que también hemos retrocedido, ¿no?… ¿Tú sabías, por ejemplo, que a comienzos del siglo XX la Biblioteca Nacional de Chile instaló sucursales en distintos edificios públicos de Santiago, desde escuelas hasta cuarteles militares y comisarías, sí, ¡comisarías! que realizaban préstamos de libros? Eso lo ha mostrado en su importante estudio Sebastián Hernández Toledo. Imagínate algo así hoy, sería otro mundo. Actualmente hay muy pocas revistas culturales. Y a veces las revistas parecen piezas de museo porque no han sido reemplazadas por dispositivos que renueven su potencia. Esa es una deuda que tenemos con la fase de constitución de nuestro campo, en palabras de Bourdieu. Y la autonomía. Siempre ha sido ese un tema espinudo, pero hoy tampoco tenemos grados mayores de autonomía, el mercado de los lectores –por lo pronto abierto, amplio- ha sido reemplazado por los comités de las agencias estatales que financian las investigaciones. He visto los mejores cerebros de mi generación reco- mendarse entre sí presentar cada vez investigaciones más limitadas porque a lxs evaluadorxs no les gustan las investigaciones ambiciosas; achicar temas, autores, obras, períodos para que calcen con el gusto neopositivista de las agencias; lxs he visto sugerirse entre sí no publicar en libros de editoriales nacionales porque “¡no te dan puntaje!” para concursos financiados, imagina, ¡con fondos estatales! El nuestro es, paradojalmente, un campo cultural en algunos aspectos, tanto o más autocensurado que el que existía en el XIX; hay tan solo que tratar de imaginar a un Lastarria que, convocado por su maestro Bello a leer la Memoria Anual de la Universidad de Chile, decide, en esa misma alocución, discutir las premisas del mismo maestro, sentado allí en primera fila. Eso era la polémica, aquella en que te jugabas la matrícula, como le pasó a Bilbao expulsado del Instituto Nacional por su “sociabilidad chilena” (a todo esto, una deuda tremenda, aún no saldada, que tiene el Instituto para con su figura). Esa es la otra cuestión que hemos perdido, la polémica. Probablemente porque hemos perdido lo público, la vocación por lo público. Es paradojal, porque los letrados del XIX, que, por un lado, eran un segmento muy reducido de la sociedad, fíjate que nunca desvincularon su labor intelectual de los problemas más acuciantes de Chile. Y yo me he preguntado, entonces, a propósito de esta entrevista, sobre qué estarían escribiendo hoy esos letrados y las y los que les siguieron en esa vocación en el siglo XX. Y pues me he contestado: del hambre en Chile; de la crisis social y sanitaria; de la crisis política; de la violencia policial; de la corrupción de las instituciones del Estado; del abandono de la educación pública; de la situación de lxs jóvenes pobres en su mayoría, que son presos políticos de la revuelta; de la violencia hacia las mujeres, que no se retrae; de que tenemos el porcentaje más alto de desempleo femenino en decenios (40%); de la represión al pueblo y ¡a lxs niñxs! mapuche; de la concentración de la prensa por grandes consorcios… Entonces, cuan- do pienso qué de lo que hacemos y vemos hoy es residuo de qué, también pienso en aquello que hemos perdido y que quisiera que recuperásemos, y que fue fruto de más de dos siglos de labor cultural, de movi- miento de las ideas, de la política y de reivindicaciones y organización populares. Porque no basta con que las personas que estamos en el trabajo intelectual no pertenezcamos a las élites, hay un muy largo camino más que debemos reponer y eso pasa por salirnos del mercado (de la educación mercantil, de lo académico como mercado, de publicar para sumar puntos – que es una reducción tremenda de la actividad intelectual–) y reponer el debate de ideas y sobre todo de ideas sobre lo público, sobre la sociedad que nos toca, reponer la conexión aquélla que sí existía en el XIX, y que en el XX las mujeres intelectuales, maestras, artistas supieron enfrentar ejemplarmente, sobre las cuestiones acuciantes de nuestra sociedad.