Por Bernardo Subercaseux

Publicado en: Meridional Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 2, Universidad de Chile, Santiago (abril 2014): 167-192. Los documentos  incluidos fueron sustraídos  de la Dirección Jurídica de la Universidad gracias a Fernando Atria que siendo en la década del 90 del siglo pasado un empleado menor de la Dirección corrió el riesgo de sustraerlos y hacérmelos llegar.

Nos interesa reflexionar sobre los límites y desafíos de la Memoria, tanto en un plano testimonial como historiográfico, y a propósito de nuestra propia casa de estudios, la Universidad de Chile. ¿Existe acaso, nos preguntamos, una memoria histórica amplia, comprensiva y socializada de su vida institucional? La respuesta es positiva si pensamos en relación a la fundación de la Universidad, su itinerario durante el siglo XIX, el surgimiento de la FECH y su trayectoria, también sobre los rectorados de Valentín Letelier, Juvenal Hernández, Juan Gómez  Millas y  Eugenio González, sobre su rol en el Estado Docente y en la extensión cultural hasta comienzos de la década del 70, en fin, el período en que la institución fue efectivamente y de hecho una Universidad Estatal. Pero es negativa si pensamos en la intrahistoria de la época más oscura que vivió la Universidad, desde la década del 70 hasta los primeros años de la transición, ese período en que fue despojada de su condición anterior y que la convirtió, hasta hoy, en una institución amenazada, obligada a sobrevivir con una cara  pública y otra privada. Lo que hay entonces es una memoria institucional incompleta, pero no la memoria desnuda, salvo algunos atisbos en el reciente Murmullo de la Memoria (2013) publicado por la Vicerrectoría de Extensión. Después de 40 años, resulta necesario darle curso a la memoria desnuda, aunque sea poco a poco, no para quedarse en ella pero si como un paso imprescindible para que con el tiempo se vaya completando la memoria institucional.

Desde un punto de vista reflexivo nos interesa la tensión entre lo que llamamos memoria desnuda y lo que denominamos memoria vestida (o memoria institucional). Abordamos el asunto tanto desde el testimonio y la empatía como desde una cierta distancia reflexiva.Toda indagación historiográfica de la memoria conlleva una producción de pasado; hablamos de producción de pasado por que la investigación rescata, instituye y materializa en lenguaje algo que ya no existe y que ya no es. La producción de pasado implica otorgarle vivencia y credibilidad a aquello que fue. Ahora bien, la producción de pasado siempre se hace desde un aquí y un ahora, por lo tanto también es una producción de presente, y, aun mas, de futuro. La investigación de la memoria busca otorgarle una continuidad o un punto de referencia a lo que fue, a lo que es y a lo que será. De manera que la memoria no es un mero ejercicio de conocimiento, es una indagación interesada en función del presente y del futuro. En el trabajo con la memoria, desde la denuncia periodística hasta la investigación histórica, siempre hay un interés de presente. El presente en que está inmerso el investigador de la memoria incide incluso en su punto de vista, en la focalización de su mirada, en lo que puede y no puede observar y hasta en el tono que le otorga a su relato. Pero sobre todo incide en concebir su tarea como un factor que debe aportar a construir una sociedad distinta a la que se tuvo y a la que se tiene. Es por lo tanto una investigación y una reflexión políticamente situada. No por casualidad la conferencia inaugural de un reciente encuentro sobre la Memoria y sus desafíos se tituló: “La memoria como ejercicio de responsabilidad”, de “responsabilidad” ¿hacia qué? hacia el “nunca más”, y hacia desocultar aquello que a los poderes fácticos, al statu quo o a  sectores que participaron en ese pasado, les interesa que permanezca oculto. En este plano la memoria desnuda desempeña un rol importante. No es casualidad  que la investigación de la memoria haya logrado su reconocimiento, como área académica e historiográfica,  después de la ola de dictaduras ocurridas en América Latina en la segunda mitad del siglo XX.

El interés de presente que implica la investigación de la memoria, hace que esta sea una investigación que se realiza con olfato y sentido de oportunidad, teniendo  siempre en cuenta  las circunstancias sociales y políticas en que se vive, las que en definitiva van a incidir en el procesamiento de la memoria tanto en su indagación como en su difusión. Asi se va instituyendo la memoria vestida o memoria institucional. ¿Por qué vestida? Porque  los dispositivos de circulación, el clima historiográfico, los medios de comunicación, los partidos políticos y los aparatos del Estado se atienen a las circunstancias del presente; también ello opera en el punto de vista en que se sitúa la mirada del investigador; es desde ese lugar que se establecen los límites de lo que –según su óptica- interesa indagar y socializar. Ello implica dejar afuera ciertos segmentos del pasado que se investiga, ocultar las partes pudibundas, aquellas que no son, por así decirlo, adecuadas en el aquí y el ahora, un aquí y un ahora configurados también desde el punto de vista del investigador en relación al clima y contexto. Pensar que la investigación de la memoria y la producción de pasado es un ejercicio neutro y objetivo y que por lo tanto no involucra la subjetividad ni la postura situada del investigador, es sencillamente una falacia. Nuestra propia intervención así lo demuestra. Para plantearlo de otra manera: la memoria vestida o institucional suele prescindir de aquellos sectores que pueden interceder en la construcción de futuro que subyace al contexto y al propósito con que quien indaga realiza su tarea. O para formularlo aun de otra manera: el investigador de la memoria renuncia a su inquietud por saber todo lo que ocurrió, se interesa por una representación del pasado que mantenga viva las ilusiones de una transformación de la sociedad en un sentido del cual él y su equipo participan.

La memoria vestida no es un asunto de voluntad individual, es un proceso complejo que se da en el tiempo y que requiere de la verdad desnuda. No es que la memoria vestida reprima o disfrace los recuerdos pero sí tiene a nivel del Estado nación, y en el caso de la Universidad –a nivel de la Institución- cierta alianza con el olvido. No debe ni puede, por otra parte, ser inocua. El proceso de la memoria vestida y de la memoria colectiva sigue el camino de la prudencia, pero una prudencia que no debe anular su potencial crítico, sobre todo en aquellos asuntos que constituyen ejes del nunca más. Hay situaciones extremas en que cualquier compromiso anula ese potencial. Es el caso, por ejemplo, de los uniformados y la CNI que torturaron, mataron y degollaron utilizando recursos del Estado. Por ende la memoria vestida no puede confundirse con una política de “derechos humanos dentro de lo posible”, precisamente porque implica una instancia previa de memoria desnuda, la que debe estar presente en los procesos judiciales e incidir en las sentencias.

La memoria desnuda es aquella que se desentiende de lo que es políticamente adecuado o correcto en función del presente, y que puede resultar imprudente; aquella que mira no solo un segmento del pasado sino que se arriesga en un campo más amplio; aquella que no es prisionera de lo que pueda acontecer; aquella que puede llegar a proclamar “¡Sálvese la verdad aunque perezca el mundo!”. Si bien este tipo de memoria puede generar complicaciones para la real politik, es una etapa necesaria, a condición de que no se instale operativamente como una memoria permanente y menos aún con un espíritu de vendetta a lo Montescos y Capuletos.

Lo ocurrido en la entonces Sede Oriente de la Universidad de Chile mirado desde la memoria desnuda, nos permitirá clarificar lo que entendemos por ésta. Hasta 1973 el nucleó geográfico de la Sede correspondía al actual campus de la UMCE, y cobijaba a la Facultad de Ciencias Sociales, a la Facultad de Filosofía, a la Facultad de Ciencias, al Instituto Pedagógico y a Periodismo. De hecho, el edificio que ocupa actualmente la Facultad de Filosofía y Humanidades se encontraba en 1973 en una fase terminal de construcción, y estaba destinado a convertirse en la gran Biblioteca de la Sede, pero solo en una Biblioteca, lo que explica lo pequeño y estrecho que es nuestro actual ascensor. A diferencia de otras Sedes, Facultades y dependencias de la Universidad, la Sede Oriente fue ocupada militarmente el mismo día del Golpe. La Vicerrectora de la Sede, la geógrafa Graciela Uribe, fue conducida al Estadio Nacional luego de que intentó interceder por algunos académicos. Un funcionario y dirigente de la  APEUCH, Héctor Salazar, apareció muerto –con su eterna chaqueta color concho de vino- en las veredas de la calle Macul, cerca de su población. Varios alumnos y ex alumnos y el Profesor Fernando Ortiz figuran entre los detenidos desaparecidos. La represión militar que vivió la Sede y su personal ha sido documentada y es más o menos conocida, pero lo que no se conoce en detalle es la intervención y el cercenamiento propiamente académico que vivió la Facultad entre 1973 y 1974. De eso quiero dar testimonio.

En los años de la Unidad Popular la Sede fue en el contexto de la Universidad y del País- un micromundo. Se la conocía como la Sede Roja; el Quilapayún era una de sus marcas de fábrica. Todavía recuerdo el primer día que ingresé a estudiar Castellano (así se llamaba entonces la carrera), había en el patio central del antiguo pedagógico varias camillas y enfermeras, todas vestidas de blanco, recibiendo sangre para Viet Nam donada por los alumnos. A los pocos días hubo un gran acto a favor de la activista negra Ángela Davis. En la convicción de que América Latina había entrado por fin a una fase definitiva de su liberación, flameaba entonces la bandera del antiimperialismo. Hasta la lectura del Pato Donald resultaba peligrosa. El espectro político de profesores y alumnos abarcaba todas las variedades de la izquierda tradicional y la no tradicional, las autoridades elegidas de la Sede pertenecían fundamentalmente a los Partidos Comunista y Socialista, no había prácticamente derecha, la derecha era la Democracia Cristiana, la que si tenía alguna presencia organizada entre académicos, funcionarios y alumnos. Esta misma situación llevó a que la polarización y disputa entre los sectores de izquierda, unos contra otros, y también con respecto a la democracia cristiana, fuera álgida. También hay que tener en cuenta que se vivía tanto al interior de la Universidad -sobre todo en la Sede Oriente- como en el resto del país una sobre politización, con exigencias a los académicos que para algunos podían resultar desmedidas (“¡el que no salta es momio!”). La construcción de sujeto y la identidad se daban en torno a la pertenencia política. Los comunistas se juntaban con los comunistas, los MAPU con los MAPU, los socialistas con los socialistas, los miristas con los miristas, los rivanistas con los rivanistas, los anti UP con nadie, y así sucesivamente. Los comidillos y las disputas entre los distintos bandos eran tan crispadas como las que se daban en el país (recuérdese La batalla de Chile, de Patricio Guzmán). Un clima, en síntesis, que fue obra común de moros y cristianos, (lo que no implica, aclaro, avalar la tesis de los dos demonios.

En este contexto el mismo mes de septiembre, a semanas del Golpe, se designó un Fiscal que debía manu militari “limpiar” la Sede  y transformarla “en un baluarte de Occidente” de un Occidente que estaba amenazado por el “cáncer marxista”. Ese fue el propósito que llevó al régimen a crear la Academia Superior de Ciencias Pedagógicas y el Campus Lircay (bautizado así en homenaje a Diego Portales) antecedente de la actual UMCE. En los próximos meses cuando todavía existía toque de queda, más del 50 % del personal académico y buena parte de sus funcionarios y alumnos fueron víctimas directas o indirectas de este proceso. De partida la Sede estuvo cerrada y las clases solo se reanudaron en abril de 1974.

Pero ¿cómo operó esta “limpieza”?, ¿cuáles fueron los entretelones y mecanismos del proceso? Veamos algunos documentos: el primero firmado por un abogado vinculado a las Fuerzas Armadas y con directa conexión con los Servicios de Inteligencia, llamado Gustavo Reyes Román.

Tal como se percibe en este documento, encabeza la lista de académicos, (que fueron exonerados sin juicio y sin derecho a apelación), el Profesor de Historia Fernando Ortiz, detenido desaparecido. Todos los mencionados en el documento pertenecían entonces a los partidos de la Unidad Popular, menos el profesor Jorge Palacios, de tendencia maoísta. Yo mismo figuré en esa lista, luego de que en Agosto de 1973, siendo muy joven, obtuve por concurso público un cargo de Profesor de Jornada Completa, cargo en propiedad que pensaba que era el inicio de una carrera que me aseguraba en términos laborales para toda la vida, pero que el azar quiso que durara solo un mes. Por supuesto a partir de ese documento todos quedamos sin sueldo y varios de la lista debieron asilarse en Embajadas y salir fuera del país, a riesgo de que les ocurriera lo mismo que al Profesor Fernando Ortiz. Se trata sin embargo de un documento oficial, frío, parco, notarial, un documento en que el mundo de la vida y de la verdad desnuda está oculto.

Pero ¿cómo llego el señor Gustavo Reyes Román a confeccionar esa lista, un Fiscal que era ajeno a la Sede y que nunca conoció ni menos interrogó a los aludidos?, ¿de dónde obtuvo  la información? Y aquí entramos en la parte más compleja del proceso: la obtuvo por contacto o información de algunos colegas de la Sede, de profesores y de unos pocos funcionarios y alumnos, casi todos –al menos en la unidad en que yo trabajaba- vinculados o simpatizantes de la Democracia Cristiana. Delaciones que luego se formalizaron en documentos como los que aquí acompañamos y que se refieren al Departamento de Español (que así se llamaba en esa época la unidad que impartía la docencia en la especialidad de literatura para los futuros profesores de Castellano).

Este documento corresponde a la declaración de un Profesor que ejerció como Director después del Golpe, un destacado filólogo. En él recoge, como se puede observar, una serie de opiniones de  otros colegas y las consigna por escrito y luego de viva voz ante el Fiscal, documento en el que pasa revista uno por uno a todos los académicos partidarios o supuestamente partidarios del gobierno de la Unidad Popular. También descarga cierta insidia con un rival académico, el destacado gramático y profesor Ambrosio Rabanales y su esposa, la profesora Lidia Contreras. Técnicamente es una delación.

El siguiente documento corresponde a una declaración de una de las Secretarias del Departamento, que afirma abiertamente ser miembro de la Democracia Cristiana. Secretaria que entrega un testimonio que hoy día después de 40 años -y conociendo a los personajes involucrados- produce cierta sonrisa, pero en esos años era una acusación sumamente seria debido a que insinuaba la existencia de un grupo armado, denuncia que podía significar torturas o la muerte de los académicos mencionados, situación que obligó a varios de ellos a asilarse.

Hay otros documentos de académicos del Departamento lapidarios con respecto a algunos profesores. Un académico acusa en su declaración a profesores que aplaudían –dice- en las reuniones del Departamento al Gobierno de Salvador Allende.

Incluso hay una declaración de una alumna en que entra en pormenores de las clases y del tipo de docencia que ejercían algunos profesores.

A diferencia del primer documento y su espíritu notarial, en estos últimos documentos late el mundo de la vida y de la verdad desnuda. En comparación con la memoria institucional -que siempre estará intervenida por el cálculo y la razón de Estado, o, en el caso de la Universidad, la razón institucional- estas declaraciones forman parte de la verdad desnuda y tienen incluso mayor virtualidad y proyección estética. En ellas late un pequeño guión cinematográfico. La verdad desnuda constituye una riquísima veta para la indagación y la expresividad artística, y es en ese plano que la verdad desnuda debe ser permanente. Allí estarán para siempre el Guernica de Picasso, la Guerra de Argel de Gino Pontecorvo y la Nostalgia de la Luz de Patricio Guzmán. Paradojalmente la persistencia de la verdad desnuda en el arte, en el cine y en la literatura constituye una forma de catarsis que libera tensiones y posibilita el procesamientode la memoria vestida. Fue en base a las delaciones que muestran estos documentos, que se fue reorganizando la vida académica en la Sede, despidiendo a muchos  y contratando a profesores que reemplazarían a los expulsados. Cabe señalar que lo que hemos mostrado con respecto al Departamento de Español se dio en todas las unidades de la Sede, algunas carreras como Sociología fueron clausuradas y obligadas a cerrar sus puertas, por considerárseles, como se decía entonces disciplinas “concientizadoras”. Hubo incluso unidades en que la dirección y  reorganización, estuvo a cargo de personas ilustres –como fue el caso del Departamento de Física- que después del golpe tuvo como interventor y director designado a un destacado literato y también profesor de física. Son manchas que la propia Institución no quisiera probablemente recordar. A fin de cuentas lo más probable es que la memoria vestida dirá que fue un gran poeta que como persona en algún momento de su vida se equivocó. Incluso uno mismo se siente tentado a olvidar su nombre en función de su aporte libertario a la cultura. Son los riesgos de la memoria desnuda, en una circunstancia en que al parecer no estamos todavía plenamente maduros para asumirla, aunque sea de paso, lo que es también, por otro lado, un signo de que en la Universidad todavía hay cierta reticencia ante un relato de lo ocurrido solo en términos del Lobo y la Caperucita Roja.

 La modalidad de transición que hemos vivido significó que en la Universidad convivimos por un largo tiempo denunciantes, denunciados y cómplices pasivos, perseguidores y perseguidos. Situación que se dio también en el parlamento y en otras instituciones. Y uno entiende que durante un período eso hubo que de alguna manera que vivirlo en silencio, para viabilizar el funcionamiento  y la redemocratización de la Universidad y del País en la perspectiva de una transición pactada (a riesgo también de menoscabar la propia dignidad). Tampoco correspondía operar en la transición con el mismo revanchismo y la misma violencia con que actuó la derecha y el régimen militar. Yo mismo, a pesar de haber sido directamente perjudicado por algunas de estas delaciones, cuando como Vicedecano fui presidente de la Comisión de Calificación de la Facultad, traté de ser siempre ecuánime y me atuve (conociendo estas delaciones de colegas) a lo que era justo en términos de una evaluación académica sin consideraciones aleatorias. Como se verá más adelante, solo hoy día puedo racionalizar ese comportamiento y aún con dudas (¿No habrá sido –me pregunto- una mera estrategia de sobrevivencia laboral en el contexto de una democracia de consensos?). Cabe también señalar que esa experiencia me permitió constatar que no todo es blanco y negro. Hubo algunos académicos pro golpe que recapacitaron. Por otra parte entre los académicos que regresando del exilio ingresaron después de 1989 (gracias a la gestión de la Decana Lucía Invernizzi)  hubo muchos que aportaron considerablemente a la vida académica de la Facultad; pero también es verdad que algunos que ingresaron sin el debido concurso después del Golpe también hicieron un aporte significativo. Es en el marco de este contexto gris que ha sido muy difícil que la Universidad asuma plenamente su pasado en un período negro de su historia. Los sectores democratacristianos siguen siendo poderosos al interior de la Universidad y es probable presumir que algunos no verían con buenos ojos un ejercicio de memoria desnuda. Por otro lado, es legítimo preguntarse cuántos años deberían transcurrir para que seamos capaces de conocer lo que de verdad ocurrió en ese período. Tampoco se ha indagado a fondo la microhistoria de las sedes de Provincia y su despojo, o el secuestro del patrimonio pedagógico que tenía la Sede Oriente, o las oleadas represivas post 1974, que significaron actuaciones arbitrarias, y confinamiento en campos de “prisioneros” de algunos destacados profesores de la Facultad.

Algunas consideraciones finales

La memoria desnuda es necesaria sobre todo en términos judiciales cuando se han cometido delitos de lesa humanidad. Pero también es necesaria como un ingrediente para el arte y la memoria vestida, para ese proceso que el tiempo y los dispositivos del Estado Nación, en el caso del país,  –o de la Institución, en el caso de la Universidad- irán trenzando. También son necesarias las instancias de verdad y catarsis: el museo del holocausto en Berlín; el museo de la memoria en Santiago; el parque de la Villa Grimaldi en Peñalolen y algún día, tal vez, un Museo de la Universidad. Pero esa memoria no puede ser permanentemente operativa en términos de una mentalidad de montescos y capuletos. Si se hace permanente en esos planos la memoria desnuda puede terminar en un abismo y en un cortocircuito. Hay que recordar lo que decía Renan: una Nación es una comunidad de memoria, pero también una comunidad de olvidos. Mirar para atrás sí, sobre todo a nivel personal y de las expresiones artísticas e historiográficas, pero a nivel de la institucionalidad mirar también hacia adelante.

Estoy consciente que esta perspectiva toca temas sensibles y heridas abiertas, sobre todo para quienes no han recibido una reparación ni siquiera simbólica. Pero quiero recurrir a dos ejemplos que avalan –creo- mi postura: uno se refiere a una situación ficticia, imaginaria, que apunta al plano de la memoria individual y al nivel de la familia, y otro se refiere a la memoria colectiva, y a una situación histórica realmente ocurrida en un Estado-nación.

En el caso individual y ficticio imaginemos a una pareja o a un matrimonio, uno de cuyos miembros ha cometido una infidelidad de hecho, pero que sin embargo por los hijos o por el futuro existe la posibilidad de recomponer esa relación. La infidelidad requiere en algún momento de la verdad y de la memoria desnuda, pero luego hay que dejarla en la trastienda, y quedarse con el paso del tiempo en el nivel de la memoria vestida. Si los involucrados se quedan pegados en la memoria desnuda y en preguntas del tipo ¿cómo lo pasastes? ¿pero cuéntame algo más, como fue? o en peticiones  como ¿probemos volver al mismo motel?, el resultado será una tragedia. En este caso la memoria desnuda como ejercicio permanente no es memoria, es más bien masoquismo.

En el plano colectivo el ejemplo es histórico: se trata del caso de Sudáfrica. Ese país vivió como política de Estado entre 1948 y 1994 un régimen de apartheid, en que la población de color (el 75 % de los 40 millones), fue sometida a malos tratos, discriminación, torturas y secuestros. Luego de un repudió internacional, y de su expulsión del Common Wealth, la minoría blanca que gobernaba el país se vio obligada a ceder y aceptar elecciones libres. En 1994 fue elegido presidente Nelson Mandela, líder del partido nacional africano, quien estuvo confinado 27 años en una prisión. En 1995 Mandela creó la Comisión de Verdad y Reconciliación. La Comisión estuvo compuesta por tres Comités: uno de amnistía, otro de derechos humanos –que recorrió el país- ante el cual las víctimas podían presentarse y contar su verdad y un comité de rehabilitación y reparaciones. El organismo funcionó durante 3 años y recibió todo tipo de denuncias, la mayoría en audiencias públicas (la verdad desnuda), pero luego en 1998 cerró la indagación y divulgó por escrito solamente una parte de estas audiencias, y no una verdad total del pasado. La Comisión y el gobierno de Mandela actuaron en la perspectiva del Ubuntu y de la memoria nacional posible. El Ubuntu es una filosofíaafricana que plantea la humildad y la idea de que “uno es en función de lo que todos somos”. El propio Mandela en varios discursos, teniendo como referente la viabilidad del  Estado nación, insistió en la necesidad de cicatrizar las heridas, y de buscar una reconciliación. Los sufrimientos del pasado fueron sacrificados en función de una política restauradora, en que pudieran convivir blancos y negros. Si bien la población de color ha recuperado el poder político no es menos cierto que hasta el día de hoy el poder económico reside en la minoría blanca, y la pobreza en la población de color persiste-heredada en gran medida del régimen de apartheid-. Sin embargo, cabe preguntarse ¿en una sociedad profundamente dividida cual era la otra opción? Mantener a nivel del estado-nación la memoria desnuda habría significado a la postre una guerra civil y la prisión o matanza en vendetta de la minoría blanca. Vale decir la instalación de un régimen de apartheid pero de signo contrario. Mandela comprendió que el perdón y alguna cuota de olvido eran en el caso de la supervivencia de Sudáfrica, necesarios. Los sufrimientos del pasado fueron sacrificados en función de una política restauradora de la unidad nacional. Estamos conscientes que son las siempre peligrosas y a menudo tenebrosas razones de Estado. ¿Pero qué otra posibilidad cabía?

Digamos finalmente que hay básicamente tres modalidades de abordar o reflexionar sobre estos asuntos: una es la modalidad del cuchillo, hacerlo a rajatabla, lo que implica dejar las heridas abiertas y sangrando para siempre (lo que está muy bien que ocurra en el arte y en los museos); la otra es la modalidad del ping-pong, aquella que en una perspectiva dialéctica contrasta, sintetiza y proyecta; y otra es la modalidad de la jalea o del flan, que se traduce en amnesia y en mirar para el lado, como si se viviera en un presente permanente, carente de memoria. Si pensamos en un plano de país, el olfato (y no la estadística) me dice que un sector pequeño de la Izquierda y de las víctimas directas (lo que es muy comprensible), persisten en la modalidad del cuchillo; la derecha sobre todo la UDI Unión Democrata Independiente, partido pinochetista) y un sector de las Fuerzas Armadas, particularmente los navales, perviven en el espíritu del flan y de la amnesia; la gran mayoría del país, en cambio, se sitúa en la modalidad dialéctica y del Ping-pong, y admira a Nelson Mandela.

Bibliografía

Dorfman, Ariel y Armand Mattelart. Para leer al Pato Donald. México: Siglo XXI, 1972.

Rayo Ventura, María del. “La Comisión de la Verdad y la Reconciliación y su vínculo con la transición democrática sudafricana”. Ponencia presentada XII Congreso Internacional de ALADAA.

Subercaseaux, Bernardo. “Estado y cultura” Historia de las ideas y de la cultura en Chile, Volumen III. Santiago: Editorial Universitaria,  2011, 85-140.