Por Mario Matus. Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.

Al recapitular lo avanzado desde un Estallido Social que se planteó restaurar equilibrios básicos en la sociedad y con la naturaleza, se constata que el Proceso Constituyente (PC) en lo específico, y el proceso político chileno que lo envuelve, avanzan a paso lento, pero decididamente. 

El Acuerdo del 15-11-2019 -forzado por la movilización en las calles- no fue una apuesta equivocada. En la Fase 1 del proceso (Referéndum del 25/10/2020) el 78% de los electores apoyó redactar una nueva Constitución y un 79% resolvió que el proceso no incluyera a parlamentarios activos. Con posterioridad, y pese a quienes auguraban que al aceptarse el mecanismo de 2/3 la votación obtenida por la Derecha le permitiría ejercer un poder de veto en la CC, y que al quedar excluidos los independientes la CC no tendría la debida representatividad, en una Fase 2 del proceso (15-16/05) los chilenos y chilenas eligieron una CC paritariamente compuesta por mujeres, con 17 escaños reservados a pueblos originarios y, lo más importante, con una presencia impresionante de independientes -en listas de partidos o formando coaliciones propias-, por lo que ninguna fuerza obtuvo por si sola aquel tercio paralizante. Pero no sólo eso, aquél casi 80% del electorado que había dado pleno apoyo al proceso revalidó un apoyo muy importante a las fuerzas transformadoras (77% de la CC), dejando a la Derecha con un escuálido 23%. Ninguno de los bloques obtuvo poder de veto y el 77% extra-Derecha obtuvo amplio espacio para consagrar acuerdos superando los 2/3. Pero hasta el día de su instalación, el pasado 4 de julio (Fase 3), subsistían las voces marcadas por la rabia, la indignación y la incredulidad, que finalmente fueron canalizadas por una templada funcionaria pública de carrera, que calmó los ánimos y ejecutó brillantemente la ceremonia. A esta fecha (02/08/2021), ya se ha definido una Mesa Directiva, emblemáticamente dirigida por una brillante académica de origen mapuche y un destacado constitucionalista, mientras que dos vicepresidencias han sido reservadas a pueblos originarios y las otras cinco han sido ocupadas por diversas fuerzas y luego se irán rotando. Al mismo tiempo, se establecieron tres comisiones fundamentales (Reglamento, Presupuesto y Ética) y se han organizado otras cinco que articularán el trabajo.

Pero sería un error suponer que estos avances han asegurado el éxito del PC, ya que esto dependerá de los aprendizajes que permitan enfrentar amenazas externas a la CC, como a otras que surgen desde su interior. Ambas amenazas son parte de un mismo problema.

La amenaza externa consiste en el grado de asintonía que el PC pudiera guardar con el funcionamiento de los otros poderes formales. Al quedar la Derecha prácticamente sin gobernadores (excepto en la IX Región) y muy reducida en número de alcaldes (especialmente en comunas emblemáticas) y de concejales, el PC contará con acompañamiento sustancial a nivel local, ya que la Derecha no podrá obstruirlo a ese nivel. Pero al ostentar la Presidencia y mantener una importante presencia en el Congreso podría bloquearlo o debilitarlo significativamente. Debemos recordar que mientras la Nueva Constitución se esté redactando habrá un Presidente de Derechas (hasta la elección del 12-12-2020), y si luego de una plausible 2da vuelta el día 19, vence su candidato, a él le correspondería llevar a cabo el referéndum ratificatorio (5ta etapa) a mediados de 2022, por lo que su mandato estaría permanentemente en colisión con las reglas del juego fundamentales ratificadas y con todos los nuevos cuerpos normativos que se ramifican de ella (en lo económico, ambiental, social y político). Incluso si triunfa una Presidencia de oposición, que sintonice con el PC y con las reformulaciones institucionales que de él emanen, bastaría que se mantenga la actual composición del Congreso -donde la Derecha sigue sobrerrepresentada en el Senado (debido a resabios binominales) y donde la Cámara de Diputados aún agrupa a una mayoría conservadora formada por la Derecha y algunos ex Concertación- para que el proceso sea bloqueado o severamente debilitado. Por consiguiente, se requiere que se consoliden urgentemente mecanismos de alianzas entre las diversas fuerzas transformadoras, para que entre fines de 2021 y mediados de 2022 (elecciones y referéndum) la propuesta de Nueva Constitución se encuentre cobijada y respaldada por una Presidencia y Parlamento que no sólo la aplaudan, sino que, la anticipen y la consoliden, legislando nuevos códigos, reglamentos y leyes.

La amenaza interna radica en la aún inconclusa decantación de las alianzas básicas entre las fuerzas transformadoras que componen la CC. Si bien la Derecha ya no cuenta con aquel tercio que le habría permitido intentar ejercer un veto a la redacción de los artículos, eventualmente podría dinamitar el proceso desde dentro y desde fuera a través de varias acciones: 1) La más obvia era deslegitimar el trabajo de la CC señalando que no se dedicaba a su función primordial, algo que fue resuelto institucionalizando su funcionamiento (fallidas performances Marinovic-Cubillos) y luego, 2) Deslegitimar los artículos redactados acusando una injusta exclusión de su órgano directivo, lo que tampoco lograron al recibir una de cinco Vice-Presidencias, en correspondencia con el 23% que obtuvieron. Pero queda la más sofisticada, 3) Fragmentar la votación mayoritaria de las fuerzas transformadoras insertando debates particularmente aptos para sembrar la discordia entre esas fuerzas. Lamentablemente, esta última línea de acción tiene mucho potencial de prosperar, dado que los contratos fundamentales que sellarían un triunfo presidencial y parlamentario entre las fuerzas transformadoras aún no se han construido, ni menos consolidado, y así como podrían impedirse tales objetivos, también podrían convertir una amplia mayoría de 77% en una pendenciera bolsa de gatos, como lo advirtió Mujica. Bajo ciertas condiciones -que pueden ser sistemáticamente generadas- se podría arribar a mediados de 2022 no sólo sin una redacción que cuente con ¾ de apoyo, sino con una menor a 2/3, que no permitiría presentarla a referéndum, y en paralelo, con Ejecutivo y Legislativo hostiles, que contarían con la excusa perfecta para anular el proceso y plantear la vigencia de la Constitución de 1980. Aunque esa argumentación es discutible, se generaría una disputa constitucional sin precedentes en la Historia de Chile, y todavía algunas personas confían en que la exacerbación de las contradicciones lleva al éxito, una gran mayoría sabe lo que eso podría generar, dado que las tensiones y la energía social acumulada seguirían colisionando con el poder formal.

Por consiguiente, para asegurar que el Proceso Constituyente cuente con los esenciales apoyos externos e internos se requiere que el 21-11 sea concebido como su Fase 4, que inobjetablemente debe coronarse con la elección de una Presidencia y de un Congreso que sintonicen, acompañen y apliquen la nueva carta. Además, se requiere que estas fuerzas dentro de la CC suscriban contratos fundamentales para cristalizar su condición mayoritaria en la redacción, con independencia de que algunas voces de la Derecha se sumen a ese horizonte transformador.

Esto comienza ahora, en agosto, inscribiendo listas parlamentarias ojalá unitarias por cada bloque opositor, comprometiendo que quien no pase a 2da vuelta apoyará a quien lo logre, refrendando por vía integración las enormes semejanzas programáticas existentes y consagrando acuerdos de convivencia al interior de cada bloque, que les permita crecer hacia el centro y hacia la izquierda, pero que privilegien la acción conjunta y la preferencia a los aliados dentro del bloque -y no a fuerzas externas- evitando vergonzosas escaramuzas en los procesos decisorios.

Mediante estos contratos básicos -que no impiden que fuerzas intra-bloque y de cada bloque puedan competir y perfilarse- pero que protegen su unidad de propósitos, la cizaña de la Derecha no triunfará. Un buen primer paso sería apoyar conjuntamente una elección obligatoria para el 21-11, y que, en la parlamentaria, incorpore la paridad, los escaños reservados a los pueblos originarios y facilidades para independientes. 

De no hacerse, el pueblo chileno -que no es propiedad exclusiva de ninguna fuerza presente en la CC- castigará a los irresponsables con la misma resolución que cualquier madre lo hace cuando sus hijos se están peleando, normalmente por nimiedades: “No me importa cuál fue el motivo ni quien empezó. ¡Se van todos a la cama y sin comer!”.