Por Mario Matus, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile

A propósito de la entrevista aparecida el pasado viernes 6 de agosto de 2021 a Gabriel Salazar, aprovecho la ocasión para poner en el tapete uno de los principales componentes de su lectura historiográfica, sin pretender restarle importancia al debate historiografía y feminismo. En mi modesta opinión, que no pretende atribuirse la verdad ni nada parecido, una de las consideraciones erróneas de Marx, y que tenía un profundo sustrato idealista, fue su concepción pseudo mesiánica de la clase obrera, fácilmente apreciable en el «Manifiesto Comunista», en «El Capital» y otras obras que lo antecedieron. En esa lectura, la clase obrera, nueva y potente expresión de subalternos y parias, cumplía un rol mesiánico, ya que al liberarse a sí misma, redimiría también a toda la humanidad. Este rasgo, que probablemente tiene algo que ver con sus raíces judías, pero también con variadas y dominantes corrientes intelectuales que en el siglo XIX proponían diversos agentes redentores, se traspasó al siglo XX y fue muy influyente en el rol protagónico que Lenin, los partidos comunistas y el trotkismo, le atribuyeron al obrero industrial como núcleo esencial de la gesta emancipadora. Para merecer su rol mesiánico, este grupo humano encarnaba las mayores virtudes de la humanidad, por lo que podía ser el perfecto modelo para ella, tal como para el judaísmo los judíos debían ser la guía del camino de salvación para toda la humanidad (Tikun Olam).

Esta atribución no sólo era un reduccionismo muy pobre dentro de la teoría política, sino que, además, no calzaba en absoluto con la diversa y rica experiencia histórica de muchos pueblos. La revolución no sólo triunfó en aquellos lugares donde no predominaba la actividad industrial (Rusia zarista y China proto republicana), sino que aquella clase obrera, entendida generalmente como virtuosa, portaba comportamientos elogiables como otros reprochables, tal como otros grupos subalternos, élites dominantes o muy incipientes clases medias a mediados de siglo XIX. Así y todo, esta visión permeó a historiadores chilenos, como Hernán Ramírez Necochea, algo comprensible si se toman en cuenta las ideas dominantes del canon historiográfico que orbitaba los círculos de izquierda, tal como lo ha relatado magníficamente Perry Anderson.

Y en eso llegó llegó la heteredoxia, de la mano de los Annales franceses y de la Nueva Escuela Marxiana Inglesa. Dado que en el exilio en Inglaterra convivían varios historiadores chilenos agrupados en torno a la revista «Nueva Historia» en Londres, cabía esperar que todos sus integrantes pusieran en entredicho estos conceptos esencialistas. En el caso de G. Salazar, su magnífico estudio «Labradores, peones y proletarios» (que constituía la mitad de su tesis doctoral) -y que, de algún modo, aplicaba a Chile la obra de E.P. Thompson «La formación de la clase obrera en Inglaterra»- anticipó esa dirección y renovó con fuerza la Historia Social. 

Pero, sus obras posteriores fueron dejando bien en claro que en su visión el error de la vieja historia social no había sido enarbolar a un grupo social como actor mesiánico de la Historia, sino el actor elegido. Para Salazar, y varios de quienes lo siguieron, el error consistió en haber atribuido ese rol a la clase obrera -entendida como trabajadores industriales. Por lo tanto, aquellos otros subalternos que ampliaban el campo de lo popular, y especialmente aquellos que se situaban en el margen de las organizaciones tradicionales -campesinos, pobladores e incluso delincuentes- eran los verdaderos actores que debían recibir los atributos de virtud. En la deriva historiográfica que sobrevino, much@s historiador@s se dejaron seducir por la búsqueda de estos nuevos agentes mesiánicos, que desde fines de la década de 1980 y hasta hoy, cierta Historia Social convirtieron en un nuevo Santo Grial, en el nuevo camino de Santiago por el cual debían ir expurgando su arrogancia historiográfica pequeñoburguesa. Así, el rigor historiográfico por las fuentes y la distancia crítica con el objeto de estudio fueron reemplazados por un abajismo omnipresente que subordinaba los resultados de la investigación a la necesidad de comprobar ideas preestablecidas por ese manual de cortapalos. Y si las fuentes demostraban de modo contundente que tales hipótesis no eran sostenibles, no era difícil forzar y adecuar la evidencia documentada. La Academia de Ciencias de la URSS fue reemplazada en su rol hagiográfico y empobrecedor por el culto al Bajo Pueblo, baluarte de todo lo bueno y positivo de la humanidad.

De esta concepción teleológica de lo popular se derivó no sólo la infalibilidad papal del Bajo Pueblo. De ella también emanó un callejón sin salida para los historiadores que se adscribían a ese nuevo canon. Si bajo esta concepción el Bajo Pueblo era una meta-esencia atemporal -dado que su carácter virtuoso y rol emancipador transcurría sin gran alteración a lo largo de la Historia- y estudiantes e investigadores en Historia estaban contaminados por una teoría burguesa, opuesta a la única y aceptable Teoría Popular, ¿qué tan cognoscible podía ser el Bajo Pueblo para ellos? Por otro lado, si ese Bajo Pueblo es portador de una soberanía inalienable e intransferible ¿quién podría representarlo políticamente con legitimidad?

La primera pregunta se discutió año tras año en encendidos seminarios y jornadas de Historia Popular, en la que sus cultores -académicos y estudiantes que seguían esa corriente- llegaban a una conclusión paralizante: Si el poblador o miembro auténtico del Bajo Pueblo es portador de una visión sólo compartida y comprendida dentro de ese mundo, ¿cómo osados estudiantes y profesores que se situaban en otro locus social y educacional podían pretender contar (y usurpar) su Historia? No era un debate muy diferente al que se había venido dando durante siglos dentro del judaísmo, entre quienes abominaban de toda forma de conocimiento mundano externo a la fe mística y de cualquier forma de autoridad política secular y aquellos que abogaban por un acercamiento racional a los principios y normas de origen religioso y la aceptación de un poder político que interactuara con ellas, pero que fuera en alguna medida independiente del Templo y el Sanedrín. Afortunadamente, hoy casi no se escucha ese mortificante y auto-flagelante dilema en las academias universitarias que forman a los futuros historiadores, aunque nunca faltan las excepciones. 

Pero la segunda pregunta se proyectó -probablemente por las circunstancias históricas de enorme y creciente desafección por la política y de aversión a las formas sistémicas de hacer política- a un ámbito donde puede perdurar por décadas, al menos hasta que la sociedad chilena recupere los importantísimos aprendizajes políticos que había realizado hasta 1973 y que la Dictadura y una transición paródica se encargaron de destruir. Bajo esa aproximación, la pureza del Bajo Pueblo se resiste a todo irrespetuoso y vano intento de representación, porque (y aquí hay mucho de influencia gnóstica) apenas algún mensaje, actor o símbolo pretenda atribuirse tal representación, la verdadera sustancia del Bajo Pueblo se eleva y cruza los sucesivos cielos para reunirse con el orden superior increado (Plenitud de Uno y el Bien) del cual en algún momento se desprendió, antes de bajar al orden corrupto de la materialidad. 

¿Cuáles serían aquellas meta-esencias populares virtuosas y atemporales, que nunca nada o nadie podrá degradar a través de un oscuro y manipulador acto de representación? Para Salazar, y quienes lo siguen, son las comunidades populares territoriales, que jamás se dejarán representar por ningún agente advenedizo que usurpe su buen nombre. Por supuesto, allí se incluye a todos los partidos políticos que han existido y existirán en Chile, pero también a todos aquellos movimientos o agrupaciones que intenten enarbolar lo popular, y que en realidad serían meros fantoches, desviaciones espurias y corruptas, incluso inconscientes de su imperfección (como el Dios necio y tonto del cielo inferior que denunciaban los gnósticos).

¿Qué destino tendrán estas ideas? A medida que las disciplinas dedicadas a la sociedad sigan avanzando dentro de centros de estudio que privilegian la incertidumbre y la permanente imperfección que aporta el pensamiento científico se hace improbable pensar que allí puedan seguir anidándose y desarrollándose estas incrustaciones de pensamiento religioso. Pero es muy razonable, que dadas las bajísimas capacidades de comprensión de lectura y de cálculo básico que la OCDE reporta en nuestra sociedad, tanto estas como otras manifestaciones culturales similares desaparezcan con rapidez. 

¿Que nos queda a los historiadores? Creo que lo fundamental es ejercer nuestra libertad para investigar y descubrir y aferrarnos a hallazgos bien documentados y robustos metodológicamente, tratando de ser honestos con ellos y descartando la validez de cualquier mega-relato que nos tiente con ideas o resultados preconcebidos. Es el único aporte que le debemos a la sociedad, y que puede ser muy importante para arribar a visiones mucho más integradas y complejas de su propio devenir. Y habría que defenderlo esa labor a como dé lugar, más allá de nuestras legítimas simpatías por ciertas ideas o principios. De hecho, en dos de sus obras Salazar lo hizo (“Labradores” y “Mercaderes”, su tesis doctoral completa), en las que dejó fluir la evidencia para levantar una interpretación que perfeccionó sustancialmente la forma de ver a los sectores populares y a la élite en Chile, y que son obras fundamentales de referencia. Y aunque ahí ya se vislumbraban sus apuestas teleológicas, en esa ocasión el historiador de oficio pesó más que el profeta de una nueva religión. El resto ya es historia conocida.

Ojalá esta reflexión sólo sea uno, entre otros muchos llamados más autorizados que el mío, a tomarle la importancia a nuestra profesión, por el bien de la sociedad chilena y para contribuir, junto a muchas disciplinas y saberes, a ayudarle elegir el rumbo que debe tomar en cada trecho de su incierto camino.